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Federación Vecinal de Valladolid Antonio Machado


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Asamblea Anual 2005 de la Federación de Asociaciones Vecinales de Valladolid

La recuperación del movimiento vecinal: una tarea necesaria

Bien pronto estuvo claro que la democracia participativa no formaba parte de los proyectos de la mayoría de los partidos parlamentarios

Lunes 14 de febrero de 2005 · 3777 lecturas · rss article rubrique


El movimiento vecinal fue, junto al movimiento obrero, uno de los principales movimientos sociales de base de la transición al postfranquismo. Hubo diversas razones para que así fuera.

En primer lugar, las condiciones materiales de la mayoría de los barrios creaban una situación objetiva de conflicto social. El nulo desarrollo de políticas sociales, unido a las políticas de urbanismo salvaje, generaba tan elevado nivel de carencias que constituían una fuente permanente de reivindicaciones de todo tipo.
En segundo lugar, la legalización de las Asociaciones de Vecinos con aquella parca Ley de Asociacionismo de 1964, abrió un espacio que pudo ser utilizado por los vecinos más concienciados y luchadores para llegar directamente a la población. El trabajo del movimiento vecinal no sólo constituía un medio legal de intervención en la vida cotidiana, sino también un espacio en el que integrarse capas importantes de la ciudadanía.

Las asociaciones vecinales interpretaron el territorio (esencialmente el barrio, pero también la ciudad y la comarca) como lugar de encuentro y como espacio de conflicto: el lugar donde se encuentran las personas para convivir, pero también el terreno donde se dan los conflictos de intereses sobre la utilización de ese mismo territorio. Fueron conflictos de intereses muy diversos y distintos: conflictos entre el capital especulativo y el uso del suelo; conflictos entre la gestión de los recursos públicos y la inexistencia de servicios básicos mínimos (educativos, sanitarios, medioambientales, culturales, asistenciales,...).

Así los movimientos vecinales asumieron en aquellos tiempos de barbarie valores de democracia, de libertad, de igualdad, de derechos cívicos, que alimentaron, con otros movimientos sociales, el renacimiento de la ciudadanía y la aceleración de la decadencia del antiguo régimen.

Y se hizo desde la pluralidad y diversidad asociativa, pero tratando de dar respuesta a casi todo, porque todo le era cercano y propio.
En los albores del siglo 21, cuarenta años después, el mundo que nos rodea es otro. Los barrios y las ciudades han ido cambiando casi siempre a bien, y en ellos aparecieron otros movimientos sociales específicos autónomos que desarrollan políticas específicas, que se detraen de las que nos caracterizaron durante mucho tiempo.

Pero con todo, lo que verdaderamente ha influido en una pérdida de influencia del movimiento vecinal ha sido la modificación de las formas en que se articuló la participación social. Bien pronto estuvo claro que la democracia participativa no formaba parte de los proyectos de la mayoría de los partidos parlamentarios. Las Asociaciones de Vecinos fueron vistas con recelo. La existencia de un movimiento independiente, duro y correoso, muy pegado al territorio y a su gente y problemas, que formulara propuestas y organizara a la población de a pié, no formaba parte de los planes de democracia limitada diseñado en la transición, que dejaron fuera de la Constitución cualesquiera referencias a las Asociaciones de Vecinos.

Aunque muchos concejales, alcaldes y parlamentarios salieron de las Asociaciones de Vecinos, donde se forjaron para la política y la práctica democrática, controlar, coartar y reducir el peso del movimiento vecinal fueron intentos de todas las formaciones políticas, sin excepción. Apostaron por afines a las propuestas de cada uno y, ante la evidencia de sectores muy amplios que no renunciaron a su autonomía, dieron su negativa a conceder a las Asociaciones de Vecinos el carácter de entidades de interés social que, en cambio, sí se concedió a las mucho más que fantasmagóricas Asociaciones de Consumidores. Una historia que aún hoy continúa.

Con todo, pese al cúmulo do dificultades externas, limitaciones internas y el menosprecio a que se nos someto, el asociacionismo vecinal mantiene sus potencialidades de capacidad de gestionar bien los intereses colectivos y de organizar el entorno (el barrio y también la ciudad). Porque lo cierto os que las necesidades sociales, aunque distintas y hasta distantes, de las de los años 60 y 70, siguen ahí, latentes y sangrantes: el urbanismo, el modelo do barrio y de ciudad, la sostenibilidad, la integración social, la inmigración, la convivencia, la tolerancia, la igualdad, el valor de lo público, etc.

En los últimos años se están produciendo cambios sociales que tienen que ver tanto con la emergencia de nuevos movimientos sociales como con nuevas orientaciones en las políticas públicas. El punto de encuentro entre ambas tendencias es el debate sobre la democracia participativa. En gran medida es un mérito de los movimientos altermundistas, en especial del Foro de Porto Alegre.
Desde esta perspectiva, parece que se alumbra una nueva era para el movimiento vecinal. Tal vez porque, con todas sus contradicciones y diferencias, las Asociaciones de Vecinos representan una de las formas más persistentes de participación social, particularmente implantada en los barrios periféricos de las ciudades, donde la gente tiene menos capacidad económica y donde hacen falta mecanismos de multiplicar la "voz" colectiva, silenciada sistemáticamente por los aparatos de gobierno y los medios de comunicación, entretenidos en demasía en "hacer caja" con la cartera de publicidad, en especial la que le proporciona las inmobiliarias, las administraciones públicas, las grandes cadenas de distribución de productos básicos, las empresas de telefonía y electricidad, los bancos y tantos negocios que se perfilan como destinatarios de las iras de los ciudadanos.

El movimiento vecinal requiere una actualización de sus métodos de trabajo, buscando nuevas formas de articulación de las redes sociales que están presentes en los barrios, distritos y ciudades. Y para hacerlo posible es necesario reforzar nuestra autonomía, nuestro carácter reivindicativo, la búsqueda de fórmulas de participación y los hábitos del diálogo, la paciencia y la crítica razonada.

Pero esa transición sólo será posible si dejamos de trabajar desde plataformas alternativas, sin implantación territorial. Y si vencemos el conservadurismo de dependencia con respecto a los poderes municipales, provinciales y regionales. Y también no invadiendo espacios de trabajo social que llevan a cabo con suficiencia y calidad movimientos muy cercanos (ecologistas, específicos de consumidores, por la escuela pública, la sanidad, etc.). Multiplicando, eso sí, las redes de intercambio de ideas y propuestas, el contacto y el diálogo permanente con todos, pero especialmente con el vecindario de nuestro territorio específico.
En cierto modo, se trata de recuperar el papel de movimiento social como factor de impulso y cohesión ciudadana. Esto es, nosotros, el movimiento vecinal, no debemos aspirar a ser el movimiento de la ciudadanía, sino que debemos contribuir a que el movimiento y la práctica de la ciudadanía sean fuertes. Nuestra aportación ha de encaminarse a generar espacios para todos.

El reto del movimiento vecinal es dejar de ser -o ser cada vez menos- un movimiento de afectados para ser un movimiento de "ciudadanos", esto es, de practicantes de derechos y deberes.


Moción presentada por la Comisión Ejecutiva y aprobada en la XXV Asamblea General Ordinaria de la Federación de Asociaciones Vecinales de Valladolid