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Opinión de Jesús Ojeda Guerrero

Por lugares de Lenocinio, Malvivir, Holganza y Sufrimiento

Ruta en bici por Valladolid para conmemorar el Día internacional de la mujer

Viernes 29 de abril de 2016 · 299 lecturas · rss article rubrique


Agradecemos de partida a la Asamblea Ciclista de Valladolid la invitación para construir este relato sobre vida y espacios urbanos de prostitución en algunos momentos de la historia de la ciudad. Hacer memoria nos humaniza, y de una forma especial en el Día Internacional de la Mujer recorrer lo que fueron espacios de lenocinio, malvivir, holganza y sufrimiento de un colectivo de mujeres que a lo largo de los tiempos ejercieron el oficio de meretrices. El título del recorrido se lo debemos a
Javier Reoyo al que agradecemos también este préstamo intencionado.

El poeta renacentista Cristóbal de Castillejo en su Diálogo que habla de las condiciones de las mujeres (1546), recogía estos versos sobre “mujeres enamoradas” en la conversación entre Aletio y Fileno; era este último quien las describía de esta
manera.
“Son mujeres que para darse á placeres
tienen gracias singulares,
y para darnos pesares
bastantísimos poderes;
son llamadas mujeres enamoradas,
hembras del mundo profanas,
damas también cortesanas,
y otras menos estimadas
Cantoneras...”

Texto introductorio de Begoña de Vicente,
bibliotecaria, licenciada en Historia Medieval

INTRODUCCIÓN

Las protagonistas de esta ruta han sido nombradas a lo largo de la historia de múltiples maneras, tantas que nos podemos hacer una idea de la variedad de tipos, establecimientos y situaciones de la que forman parte. En la antigua Roma se las denominaba: togate, scortum, prostibulae, meretriz, delicatae, pulidae. Prestaban sus servicios en: lupariae, fornices, prostibulum, senatus molierum, libidinum
consistorium y en las meiroiae tabernae. Y si buscamos en la época medieval y moderna castellana encontramos: amesadas, amigas, amantes, mujeres enamoradas, barraganas, mancebas, concubinas, cortesanas, meretrices, rameras, putas o prostitutas. enamoradas, doncellas de honor perdido, damas del tusón, rameras, cantoneras, cotorreras, golfas, rabizas, busconas, damas de achaque, damas de alquiler, urgamanderas, coimas, germanas, gayas, marquisas, pencurias,
tapadas, niñas de agarre, niñas comunes, mujeres al trote, mozas de
casa llana, etc, etc.

Unas cuantas claves nos ayudarán a situar el tema a lo largo de la historia:

  • En la tradición europea las mujeres serían definidas buenas o malas, decentes o indecentes, respetables o perdidas, por sus relaciones sexuales con los hombres. Una esposa tenía relaciones sexuales con un hombre, era definida como casta; una prostituta con varios, se la definía como lasciva.
  • Se llega a la prostitución por pobreza. En el repudio romano de la esposa, las leyes señalaban que, en presencia de la familia, la esposa se quitaba “la stola”, el vestido común de las mujeres honradas, y la vestía con la “toga” [corto, similar al masculino] de las prostitutas antes de arrojarla a la calle. El marido se quedaba con la dote. La prostitución era la salida que quedaba, y según autores, la consecuencia fue la aparición de una verdadera comunidad de mujeres dedicadas a este oficio, lupariae, junto a las esclavas, viudas, huérfanas pobres y otras marginadas de la sociedad romana. En laépoca medieval y moderna, se llegaba a la ramería por viudedad, por abandono del esposo, por el embarazo sufrido en el servicio doméstico. La venta sexual de su cuerpo le proporciona a la mujer unas ganancias que eran equiparables a las que percibía el hombre en sus ocupaciones, era la única actividad en la que ocurría. Las mujeres de las ciudades, desempeñaron una extensa variedad de actividades económicas para percibir ingresos y contribuir a la supervivencia familiar, lo que hoy denominamos “doble carga”. Estos ingresos adicionales (además de cuidar de la casa y de los cuidados) que les permiten sobrevivir los encuentran en: trabajos artesanales que varían con la estación, la venta por casas y calles de los mismos, trabajo en el campo, hacer comidas, prestar alojamiento y prostitución esporádica.
  • Las mujeres mancebas fueron excluidas de la protección concedida a madres y esposas, en una sociedad tan estamentalizada eso era condenar a la marginación y al desamparo. Esta marginación se extendía a las leyes.
  • Para resolver el conflicto entre la condena a las mujeres por esta práctica sexual, más libre, y la permisión a los hombres de mantener relaciones con otras mujeres, se institucionalizó la prostitución: se admitió a cambio de un precio y se consideró un servicio público.
  • La ciudad griega y la romana crearon la tradición de sacar dinero del lenocinio. Las mujeres, cuando venden su cuerpo, tienen que compartir las ganancias con otros: los magistrados romanos establecen burdeles y lupanares que graban con impuestos como el “oro lustral”, el oro purificado. Otro tanto ocurre en la Edad Moderna cuando la merced de la putería o la renta de mancebía resultaron ser una fuente de financiación muy codiciada, y los monarcas decidieron cederla a modo de privilegio a los concejos o a determinados señores que veían así su fidelidad y sus arcas recompensadas. Las mancebías públicas fueron los únicos lugares autorizados y promovidos por la monarquía castellana durante la Edad Moderna para ejercer la prostitución tolerada, y se reguló: un fiel, o una madre y un padre gestionaban la mancebía y cobraban las tasas, vivían dentro de la mancebía, otorgaban las licencias a las mujeres que hubieran pasado el reconocimiento médico preceptivo, proporcionaban a la mujer una habitación o “botica” con todos los enseres, comida y cosas necesarias; se fijaban días permitidos y la vestimenta. Llevaban registro de mujeres y libros de cuentas.
  • El juicio moral no se consideraba en esta práctica sexual ni en la época romana, ni durante la época medieval salvando el período visigodo desde la conversión de sus reyes al cristianismo. En el siglo XV la prostitución fue justificada por la teología y tolerada. La culpa y el pecado fueron una aportación de la Contrareforma, de la espiritualidad barroca extendiéndose hasta el siglo XIX.

– Mujeres ingeniosas y de gran talento, partiendo de las mismas bases que las de ramería (juventud, belleza, libertad) pero sin sufrir su desprecio y vulnerabilidad, se dedicaron a la función superior de la cortesana. De la antigüedad tenemos noticia de Aspasia, la amante de Pericles, admirada por Platón y Teodora, por la que Justiniano
rectificó las viejas leyes que prohibían a un hombre casarse con prostitutas para casarse con ella. Teodora confirió a las mujeres más derechos de propiedad, hizo de la trata de blancas una ofensa criminal y desterró de la ciudad a los propietarios de burdeles. Los contemporáneos la veían como "mostruo sexual" y "demonio", el
emperador como "mi más dulce gozo" y "compañera de deliberaciones". Del siglo XV al XVIII brillaron las cortesanas, mujeres formadas para seducir y mantener el favor de hombres poderoso, las puso de moda el mundo lujoso y disoluto de la corte papal.

Comentarios por Jesús Ojeda Guerrero,
investigador en Ciencias Sociales

Consideraciones oportunas al inicio de estos comentarios
La primera, no habrá valoraciones morales sobre el ejercicio de la prostitución, más bien se invitará a la reflexión sobre lo acontecido históricamente y sobre la visión de la mujer en cada tiempo; la segunda, la dificultad de poder hacer un recorrido cronológico en el tiempo, en cada parada elegida se hará una construcción de cómo fue la vida, el espacio y los diversos usos históricamente, pidiendo un esfuerzo de
atención y de imaginación.

Dicen los especialistas en el estudio de las mentalidades que situar los lugares y las concepciones sociales en su momento posibilita un mayor conocimiento del funcionamiento de una sociedad (J. L. Martín, 1982).

Punto de partida, la Casa de Cervantes
Referencias espacio-temporales

Según el relato de algunos viajeros que hicieron parada y fonda en Valladolid, a finales del siglo XVI y principios del XVII, hablan de la importancia de la prostitución, es el caso del irlandés Cock, que visita la villa a finales en 1592, y da cuenta de la existencia de numerosas mujeres que ejercen este oficio, y así mismo el francés Barthélémy Joly en 1604 que apunta tener conocimiento de un buen número de
“mujeres de buena voluntad” (B. Bennassar, 1983: 501).

En la documentación de la Real Chancillería esta el legajo con una investigación de 30 DE JUNIO 1605. Parece ser que el propio alcalde Villarroel, desvía la atención de la investigación hacia los vecinos de la casa de la calle del Rastro, para que no sea desvelado quién es el atacante, ni la mujer a la que visitaba Ezpeleta, cuando la solución del caso apuntaba a la venganza de un marido celoso. Concretamente aduce una información que asegura que en la calle Nueva del Rastro viven algunas mujeres que en sus casas admiten visitas de caballeros de día y de noche, incluído el propio Ezpeleta.

Por ese motivo, se decide interrogar a todas las mujeres de la casa, para averiguar la
libertad con que viven las mujeres que están en ella y que en esta corte no tienen
entretenimiento ninguno
...
8 DE JULIO DE 1605

Se pide la excarcelación de los confesantes y testigos. Se suelta a las mujeres en fiado y teniendo su casa por cárcel, y a Miguel de Cervantes en fiado (bajo fianza).
Según el reconocido hispanista vallisoletano Narciso Alonso Cortés, primer director de la Casa, en su libro Cervantes en Valladolid (1919), Cervantes “durante su estancia en Valladolid, hubo de acudir indistintamente a su pluma y a su conocimiento de los asuntos mercantiles para buscar la subsistencia de los suyos”.

En su estancia vallisoletana escribíó El casamiento engañoso y su continuación El coloquio de los perros (Novelas ejemplares, 2005). Llama la atención en estas obras la trayectoria de los personajes, en la primera el alférez Campuzano comparte con el licenciado Peralta sus cuitas por haber casado con mujer de gentil parecer y moral desviada, y de haber sido engañado y sufriendo una burla muy pesada en sus bajos fondos, que le ha costado cuarenta sudores en el Hospital de la Resurrección. En la
segunda, dos perros limosneros salen con el buen cristiano Mahudes a pedir por las calles para mantenimiento del hospital; el dialogo que se inicia en el mismo hospital es aleccionador y humano por parte de los perros.

En el jardín de la Casa aún podemos contemplar los restos de la fachada alta del Hospital de la Resurrección, en su parte superior se inscribe la fecha de 1579, que
conviene a la obra.

Primera parada, la antigua Mancebía,
después Hospital de la Resurrección y hoy Casa Mantilla

Hasta la publicación de la Pragmática Real en 1623 era muy común la existencia de lugares dedicados expresamente a la ramería en casi todas las ciudades de España. En Valladolid la primera mancebía pública organizada fue en tiempos del rey Pedro I el Cruel y puesta “al servicio de los salidos garañones y verriondos varones en 1374”,
según José Delfín Val (2011: 209). En 1435, con Juan II como monarca y Álvaro de Luna como condestable, una disposición marca que para que las mujeres de fortuna salgan “fuera de la villa al burdel”, que no se permita ejercer dicho oficio dentro de las murallas. Este apartar a las malas de las buenas mujeres se va a repetir durante los siglos sucesivos, como se señala a continuación, lo que hace pensar en el
incumplimiento a placer de esta regulación. Según la investigadora Adeline Rucquoi (1987: 117) la prostitución se llegó a considerarse una de las mayores preocupaciones de los magistrados urbanos a finales del siglo XV: “Así como lo recordaron los cofrades de la Consolación a principios del siglo XVI, es en la época de los Reyes Católicos cuando se prohibió a las mujeres públicas que ejercieran su
profesión fuera de la «casa de la mancebía» instalada al sur de la villa, la lado de la puerta del Campo. Parece ser, pues, que anteriormente las «mancebas» y, en particular, las que mantenían a los rufianes mencionados en la ordenanza de 1442, ejercían su oficio en las calles de la villa o en sus casas. Sabemos, por otra parte, que por esos años en Valladolid, las «mujeres mondarias» y las «mujeres mondarias de las encubiertas», o sea las prostitutas de cierta categoría, cobraban por sus servicios 30, 40 y hasta 50 maravedís y no hacían ninguna distinción entre cristianos y judíos. Una ordenanza municipal prescribió en 1501 a la mancebía que condenara la puerta que daba hacia la puerta del Campo y la fuente que allí existía, para impedir
cualquier tipo de promiscuidad entre las mozas que fueran a por agua y las «buenas mugeres» de la casa de prostitución que acudirían para «labar las manos y la cara»; estamos en la época de la Celestina de Fernando de Rojas que tanto nos cuenta sobre la práctica de la mancebía.

Según la profesora Elena Maza (1985:77) existe una profusa documentación histórica: “En este paraje, fuera de la puerta del Campo, se hallaba establecida la Cofradía de Nuestra Señora de la Consolación y Concepción que, a cambio de cierta memoria, había recibido de un vecino de Valladolid un original legado: la mancebía o
casa de mujeres públicas de la ciudad, con el dinero de destinar sus beneficios al socorro de los pobres y huérfanos a su cuidado”. Parece ser que Teresa García y García de Sagredo, su esposo, donan los derechos de explotación de la mancebía a la Cofradía de la Consolación recogido en escritura del 18 de enero de 1449 y en su
testamento de 1484. Conocemos por diversos testimonios municipales que desde principios del siglo XVI, el municipio va a iniciar gestiones para hacer desaparecer la mancebía de un lugar tan concurrido, se entendía la urgencia de quitar de allí «casa tan escandalosa y ofensiba a Dios de un sitio tan público que era cerca de la puerta principal, por donde entraban en ella los Príncipes y por donde salía a pasear todas
o las más gentes». Se abren conversaciones con los cofrades y les ofrecen un censo perpetuo contra las rentas a cambio de «la casa y sitio así como el derecho del mal uso y ejercicio de las mujeres» . Con la provisión de Carlos I a mediados del siglo XVI se concede licencia a la ciudad para erradicar del lugar la mancebía y erigir en él un
establecimiento al que se trasladen los «heridos y llagados y de bubas y otros males contagiosos»

Apunta Delfín del Val (2008:20) que era la mancebía “un lugar muy visitado por nativos y foráneos: Soldados que entraban con su soldada y salían a la cuarta pregunta; alfereces o capitanes de buen porte y de mal comportamiento; ministriles y cambistas acomodados; hidalgos pobres como correspondía a su hidalguía, caballeros y escuderos y algunos representantes de la Iglesia, clérigos y sacristanes. En aquella nombrada mancebía de la ciudad del Esgueva...Se visitaba a aquellas mujeres para practicar en ellas las reconfortantes obras de misericordia...
–Se enseñaba a quien no sabía...
– Se confesaba al triste del lado que es estuviera
– Se sufría con paciencia las adversidades y flaquezas del prójimo (no hay mejor compañero que con quien se galopa, decían los caballeros)
– Se visitaba a los enfermos, o se iba ya tocado de algún mal
–- Se daba de comer al hambriento de diversas hambres y se daba de beber al sediento de alguna sed insaciable...
–- Se daba posada, si bien breve, al peregrino que llegaba, posaba,pecaba y pagaba...
– Se daba entierro al aburrimiento..”

Próxima a la puerta del Campo vivían en común las llamadas "mujeres enamoradas" o "buenas mujeres". En un romancillo de Germania del siglo XVI aparece mencionada como "la gran putería".

Desde mediados del siglo XV, como hemos reseñado, estuvo regida por la cofradía de Nuestra Señora de la Consolación y la Concepción, que con los fondos que obtenía ayudaba a pobres y huérfanos. Ocupó el solar donde más tarde se construyó el Hospital de la Resurrección al instalar dicha cofradía el centro sanitario. El 6 de marzo de 1499 un regidor de Valladolid llamado Monroy ordenó: "...que ninguna ramera ni muger enamorada públicamente, sea osada de tener mugeres o moza
so pena de cien azotes y que ninguna moza o muger de hasta cuarenta años sea osada de a vivir con las dichas rameras e mugeres enamoradas, so las dichas penas". Hubo una orden en 1520 prohibiéndoles salir de la casa para hacer tratos en las calles o en los mesones. Al cerrarse esta casa fue trasladada fuera de la puerta de San Esteban, saliendo de la villa a la derecha, en una casa que allí levantó
el ayuntamiento. De todas formas, debió de haber varias casas de mancebía (Diccionario curioso e ilustrado de Valladolid, 2002: 63)

El Hospital de la Resurrección estuvo situado al comienzo de la Acera de Recoletos, ocupando un terreno que vendría a ser en la actualidad la casa y calle de Mantilla y otros edificios en la Plaza Zorrilla. Se extendía por la calle del Rastro (hoy Miguel Íscar) hasta la esquina de la entonces llamada calle del Candil (hoy Marina de
Escobar) por donde alcanzaba la calle del Perú y salía de nuevo a la actual Acera Recoletos. Dicho hospital, uno de los muchos que hubo en la ciudad, fue el más importante junto con el de Esgueva, fundado este último, según dicen, por el Conde Ansúrez y doña Eylo su mujer. Aparte de ser el más importante hospital vallisoletano, ha merecido reputación porque en él localiza Miguel de Cervantes el famoso
Coloquio de los Perros, ya señalado.

El hospital fue fundado en 1553, en la casa, como hemos ya relatado, de lo que hasta entonces era la mancebía de la ciudad, que estaba gestionada por la Cofradía de Nuestra Señora de la Consolación y Concepción, y situada en lo que hoy es la Casa Mantilla. La fundación se debió al empeño del clérigo Alonso de Portillo de crear
un hospital, que acogiera a todos los enfermos contagiosos y que estuviera situado fuera de la cerca de la ciudad con la aprobación del Concejo. Al principio estuvo administrado por la Cofradía de la Resurrección. Posteriormente, por dos veces, fueron los Hermanos de San Juan de Dios sus regidores. En la segunda ocasión, entre 1602 y 1615 tenían también a su cargo el Hospital de los Desamparados,
ambos hospitales se unieron definitivamente en 1847. Modernamente, Amalia Prieto afirma que fue en 1550 cuando el Concejo adquirió la casa y solar de la mancebía –que se trasladó a otro lugar– para instalar allí los citados hospitales; a este terreno
añadieron otros dos, uno de ellos cedido, igualmente, por el concejo, que era su
propietario; estas adquisiciones se hicieron en1552. Dispuesta y bendecida
la casa al igual que el cementerio contiguo, y antes de comenzar las obras del
nuevo edificio, se trasladaron a los enfermos el referido en 1553, pidiéndose al Obispo de Trípoli, abad del Monasterio de Nuestra Señora de la Vega, que diera al Hospital el nombre de la Resurrección (Diccionario curioso... 2002: 63)

Segunda parada, La Casa Pía de S. Nicolás,
actual colegio de Isabel la Católica, junto al Puente Mayor

Hay que hablar en este lugar de Beatriz de Zamudio, “peculiar personaje”, que sin profesar de monja adoptó el nombre de Magdalena de San Jerónimo, por Magdalena de la que habían salido siete demonios (Luc.8.1-4), que siguió a Jesús en su predicación, y por San Jerónimo, penitente y traductor de la Biblia al latín (340-420).

Beatriz adquirió un especial protagonismo en Valladolid durante el quinquenio 1601-1606, mediante la intervención del valido de Felipe III, el Duque de Lerma. “La llegada de la familia real, de los miembros de los Consejos, de nobles acompañados de sus criados, de funcionarios y embajadores con sus séquitos, tuvo su correlación en el asentamiento de nuevas órdenes religiosas, comerciantes, artesanos, escritores y artistas plásticos, todos intentando medrar al amparo de la Corte. Ello dio lugar a una actividad febril en todos los órdenes: constructivo, comercial, religioso, creativo y festivo. A esta actividad no era ajena la competencia de la propia ciudad con el Duque de Lerma en el deseo de entretener al abúlico rey, unos con la intención de perpetuar la capitalidad junto al Pisuerga y el otro para mantener el
favor real e intervenir en su nombre en los asuntos de estado, como lo venía haciendo habitualmente” (domuspucelae.blogspot.com, 2012). Así lo refleja Tomé Pinheiro da Veiga en su Fastiginia (1989), en aquellos años eran constantes los banquetes, las justas de cañas, las corridas de toros, las representaciones teatrales, las ascaradas, losdesfiles, los bailes y las exhibiciones en el Pisuerga en combinación con procesiones, autos sacramentales, rogativas y fiestas religiosas, como las de la Cruz y el Corpus Christi. Para tales eventos se multiplicaron los escenarios: el Palacio Real, el Palacio de la Ribera, la Plaza Mayor, la Plaza de San Diego (actual de las Brígidas), el Campo Grande. Cuentan las crónicas del momento “que también
proliferaron por los bajos fondos de la ciudad los pícaros, los ladrones y otra gente de mal vivir, entre ellos las prostitutas, que acudieron como moscas a la miel, de modo que junto a la "casa de mancebía", controlada por el Ayuntamiento en terrenos próximos al Hospital de la Resurrección (actual Casa Mantilla), donde ejercían las llamadas "mujeres enamoradas", comenzaron a aparecer las "cantoneras",aquellas que ofrecían sus servicios en los cantones o esquinas, junto a otras diseminadas por las puertas de la ciudad y por la Ronda de San Antón (actual calle José María Lacort), una actividad considerada perjudicial para la seguridad y la salud pública.

Para la profesora Elena Maza, Magdalena de San Jerónimo adquiere con rapidez “renombre de especialista en problemas relacionados con la mujer y el mundo del delito, lo cual no es nada habitual en su época”, y la califica como “una precursora e innovadora de los estudios penitenciarios, siempre sin perder de vista su condición
femenina y de religiosa, al igual que la mentalidad sacrosocial circundante”(2003:91). Magdalena de San Jerónimo, dama de corte, se trasladó a Madrid para ejercer como "dueña de cámara" de la infanta Isabel Clara Eugenia, hija predilecta de Felipe II, a la que en 1598 el rey otorgó como dote los Países Bajos y el ducado de Borgoña al
contraer matrimonio con su primo hermano el archiduque Alberto de Austria. En el séquito que acompaña a Isabel a los Países Bajos está Magdalena de San Jerónimo, que aprovecha su estancia “para recopilar un importante cargamento de reliquias procedentes de conventos e iglesias de Colonia y Tréveris” con el permiso del papa Clemente VIII. Ya de vuelta en Valladolid en 1604: “Su máxima preocupación era
dotar de estabilidad económica a su fundación, la Casa Pía de la Aprobación, que había incrementado sus gastos, motivo por el que no había podido edificar una iglesia o capilla, ni una casa cómoda como residencia de las religiosas y las mujeres arrepentidas recogidas” (domuspucelae.blogspot.com, 2012).

Algo había que hacer para visibilizar la fundación e incrementar los ingresos, por lo que puso en marcha una estratagema, la entrega de los cuerpos de lo mártires Legión Tebana a la catedral de la ciudad (que acabaría convirtiéndose por voluntad de la imaginación popular vallisoletana en el cuerpo de San Mauricio diogeneschilds.wordpress.com, 2012) junto a otras reliquias, a la Casa Pía de la Aprobación. Fueron preparados grandes festejos religiosos en los se hicieron presentes los reyes Felipe III y Margarita de Austria, al paso de la procesión con el estandarte de San Mauricio por delante del palacio real en la plaza de San Pablo la tarde de 22 de septiembre de 1604 (E. Wattenberg, 2012: 91).

Un año después el consistorio se hará cargo de la Casa Pía de la Aprobación, siendo patrono también el prior del convento de San Pablo. Habiendo dado tan buenos resultados las reliquias, Magdalena de San Jerónimo volverá a Flandes, y tomará conocimiento de los modelos de cárceles correccionales para meretrices, que en denominación comparativa con la condena a galeras para los hombres, aquí se aplicará para llamará ’galeras para mujeres’

“Razón y forma de la Galera y Casa Real, que el rey, nuestro señor, manda hacer en estos reinos, para castigo de las mujeres vagantes, y ladronas, alcahuetas,
hechiceras, y otras semejantes”, (Valladolid y Salamanca, 1608); es un texto en el que resume el ideario sobre las mujeres “perdidas” y el tratamiento que merecen, que sirvió para que Felipe III autorizará la construcción de la Casa Galera en Valladolid y Madrid y posteriormente en otras ciudades. En esta obra, Magdalena deSan Jerónimo define a estas mujeres con dicho calificativo “porque salen por la noche "como bestias fieras de sus cuevas a buscar la caza" haciendo cometer a los
hombres gravísimos pecados, o ponían en venta jóvenes concertando el tanto o más cuanto como ovejas para el matadero", haciendo mayor hincapié en las que piden limosna cargadas de niños y en las "mozas de servicio"; sobre estas últimas afirma que estaban tan llenas de vicios,trabajaban tan mal y ponían tantas condiciones "que más parece que entran para mandar que para servir". Los métodos sugeridos son
bastante expeditivos, centros de niñas huérfanas para educar en comportamiento cristiano desde la infancia que hoy nos parece tutela policial y la construcción de “casas de galeras” para recluir a las ya perdidas, lo que demuestra la tremenda dureza para con los débiles en la sociedad del siglo XVII. Las galeras de mujeres promovidas en su publicación debían regirse por un estricto reglamento que recomendaba edificios sin ventanas ni comunicados con otras viviendas, con discretos
dormitorios, sala de labor, "pobre despensa", capilla, pozo, pila paralavar y una cárcel secreta, espacio de castigo para las rebeldes incorregibles. Por si fuera poco, la galera debía contar con "todo género de prisiones, cadenas, esposas, grillos, mordazas, cepos y disciplinas de todas hechuras de cordeles y hierros", instrumentos que espantaran a las reclusas sólo con verlos. El reglamento también obligaba a las mozas de servicio forasteras que llegasen a la ciudad a presentarse en la galera, con un plazo de seis días, para informar de la búsqueda de casa adonde
servir, para evitar ser detenidas sin amo y castigadas por ello. Los alguaciles estaban obligados a detener a todas las mujeres "perdidas" encontradas por la noche en esquinas, cantones, caballerizas y portales y por el día pidiendo limosna en posadas, mesones y huertas, especialmente en tiempo de Cuaresma” (Fiestas Loza, A., 1978).

“A las reclusas no sólo les quitaban sus vestidos, les rapaban la cabeza y les
alimentaban exclusivamente a pan y agua, sino que les aplicaban con rigor el trato a
seguir indicado por la madre Magdalena de San Jerónimo: "si blasfemaren, o juraren,
pónganlas una mordaza en la boca; si alguna estuviese furiosa, échenla una cadena; si se quiere alguna salir, échenla algunos grillos, y pónganla de pies o cabeza en el cepo ...". Estos términos se endurecían en el caso de las "perdidas" incorregibles: "Cuando alguna de estas mujeres saliere de la galera con mandamiento de la Justicia
- expresaba- se le avise con veras que se guarde no volver otra vez a la dicha galera, porque se le dará la pena doblada y será herrada y señalada en la espalda derecha con las armas de la ciudad o villa donde hubiera galera, para que así sea conocida y se sepa haber estado dos veces en ella. Y si alguna fuere tan miserable que venga tercera vez a la galera, el castigo será tresdoblado, con protesta y apercibimiento
que si fuere tan incorregible que venga la cuarta vez será ahorcada a la puerta de la misma galera". Señala Fiestas Loza “con esta cruzada contra el pecado la madre
Magdalena aspiraba a desterrar el ocio, origen de toda tentación según ella, lograr mozas de servicio honestas y fieles, obligar a las mujeres a bien vivir y redimir a las reclusas en galeras por el camino de la virtud. Y aunque parezca exagerado que todo ello se llevara a cabo con tanto rigor, así ocurrió gracias a la tenacidad de tan inspirada y piadosa dama, cuyas ideas redentoras sufrieron un sinfín de desgraciadas. Ni tan virtuosa pensadora ni los gobernantes encontraron en la
pobreza y en las injusticias sociales el motivo de que aquellas mujeres llevaran tan "mala vida", siendo incapaces de deducir que mientras éstas existan, es imposible eliminar, no sólo la prostitución, sino cualquier tipo de delincuencia” (1978).

Tercera parada: En calle Juan Mambrilla (antigua calle
Francos), referencias al antiguo Hospital de Esgueva en la
calle Esgueva y las casas de su entorno

Estamos en la calle Esgueva en la confluencia con la de Juan Mambrilla. Según la profesora de la Universidad de Valladolid, Elena Maza, “Valladolid siempre ha tenido a gala su marcado carácter asistencial, la abundancia de establecimientos
benéficos y su tradicional prodigalidad y filantropía para con los menesterosos, que ciertamente nunca han escaseado” como así lo registra en sus informes la Junta Municipal de Beneficiencia de Valladolid (1985:50). ¿Qué era el Hospital de
Esgueva y dónde estaba ubicado?

Fue una fundación de los condes Don Pedro Ánsurez y su mujer Dona Eylo para atención sanitaria, en especial a los menesterosos de la villa de entonces, como se recoge en epitafio de su tumba en la catedral colocada en el siglo XVII al
ser trasladados los restos del Conde a dicho templo. Los herederos, además de cumplir con la voluntad de cesión del palacio para fines asistenciales, ésta se convirtió en patronato real, administrado y dirigido por la Cofradía de Santa María de
los Escuderos, integrada por la nobleza vallisoletana, testada de ’limpia sangre’, que actuó hasta finales del siglo XIX como vicepatrona. Tuvo una vida de más de ochocientos cincuenta años, y existe, a pesar de algunos incendios que sufrieron las
instalaciones, una rica documentación de libros de cuentas y de ordenanzas de funcionamiento en el Archivo Municipal.

En el hospital tenían cabida “sólo aquellos pobres enfermos de males no ontagiososo ni de cirujía, tal y como explicitan sus antiguas ordenanzas. Estos requisitos imprescindibles, junto con la preferencia dispensada a los vecinos de la capital
vallisoletana y sus limitadas plazas internas”, en opinión de Elena Maza, “se traducen en una restringida actividad asistencial” (Maza, 1985:80). En el transcurso de los siglos, además de los patronazgos de los reyes reinantes, el hospital
experimentó la fusión con otros hospitales, la desaparición de la cofradía y su transformación en Junta Municipal de Beneficencia en el año 1848, adquiriendo su carácter público con el nombre de Hospital Municipal de Santa María de
Esgueva en 1864, quedando incorporado al Hospital de la Resurrección al año siguiente y su transformación posteriormente en Instituto de Puericultura y Maternidad hasta 1932, iniciándose un periodo de desintegración y ruina, que
finalizó con su derribo en el año 1970.

En referencia al tema que nos ocupa la tesorería del Hospital contó con copiosas
rentas en especie y en metálico, fruto de las rentas de las propiedades rústicas y del
patrimonio inmobiliario del que era titular. El historiador Manuel Canesi Acevedo en su
Historia Secular y Eclesiástica de la muy antigua, augusta, coronada, muy ilustre, muy noble, rica y muy leal ciudad de Valladolid (1750) comenta que alguna de las casas de la calle Francos fue cedida, mediante la intervención del licenciado
Medrano, para la acogida de un grupo de prostitutas bajo la tutela del predicador dominico Bernardino de Minaya (h. 1530) durante el reinado de Carlos I; fue un primer esbozo de Casa Pía en régimen de convento, al que sucedería la de San Nicolás
que acabamos de conocer. Estas mujeres fueron asistidas por la comunidad dominica del convento de San Pablo, constituyéndose la casa en régimen de convento desde 1540; Canesi habla de la buena acogida por parte del vecindario y de
la ayuda que este proporcionaba al sosten de las recogidas (1996, T.III:233).

“Lo que el cuerpo pecó, purifiquese por el ejercicio de arrepentimiento como cura temporal en vida conventual”.

Cuarta parada: La calle de Padilla y sus aledaños, espacio de prostitución de los años 40 al 80 del siglo pasado junto a la iglesia de S. Martín

Sin memoria de los espacios no se puede tener conocimiento del discurrir de la vida de las personas, en el caso que nos ocupa el de un colectivo de mujeres que han formado parte de la historia del ejercicio de la prostitución, de lo que hemos
denominado lenocinio, malvivir, holganza y en muchas situaciones sufrimiento. Para Javier Reoyo, acabada la “Guerra Incivil”, en los principios de los 40 se contabilizaban unas doscientas mil mujeres ejerciendo en burdeles o autónomamente; se reconocían oficialmente más de mil doscientos burdeles, no contabilizándose las casa de citas, los garitos, los bares de alterne, las barras americanas ni las
pensiones “fules”-falsas- (2003:37). Para Dolores Juliano, en la obra colectiva Mujeres bajo sospecha. Memoria y sexualidad, 1930-1980, expone que "la sexualidad femenina no era aceptada por el franquismo, que asumía e imponía unos
valores al respecto. El sexo femenino se reducía a los estrictos límites de la procreación en el matrimonio. Las que lo desarrollaban en otro contexto eran denigradas, consideradas putas" . Según esta antropóloga las mujeres (con Franco) no delinquen; ellas pecan (2012: 58). El régimen franquista al quererse legitimar, como no había ganado unas elecciones como el nazismo alemán o el fascismo italiano, adopta el catolicismo como modelo represivo entendiendo que los hombres son castigados bajo el modelo fascista, mientras las mujeres son reprimidas con el modelo católico, en consecuencia, ellas sólo pecan. Hasta 1956, la prostitución era
legal en España. En los lugares nombrados las mujeres podían prostituirse y eran sometidas a controles sanitarios y policiales. No era legal, en cambio, la prostitución callejera, reprimida y perseguida con dureza. Como explica Raquel Osborne, esa confusa situación cambió en 1956, cuando la prostitución pasó a ser alegal: "Quedó en un limbo, en el que se perseguía más el proxenetismo. Una situación similar a la
actual" (2012:60) El golpe de estado franquista supuso, además de un inmenso baño de sangre con más de medio millón de muertos por la guerra, más de un millón de
exiliados y un sinfín de represaliados, también fue un regreso a la Edad Media. La mujer que había sido tratada con dignidad por la República, obtuvo el voto por primera vez en la historia de España, la consideración legal en igualdad con el marido
sobre derechos civiles; con la llegada del nuevo regimen ’el cuerpo femenino’ fue un elemento contaminado y pecaminoso, un ámbito sobre el que actuar. La mujer no era dueña de su cuerpo, sino que éste era un objeto jurídico propiedad del Estado y del varón. Para controlar el cumplimiento de esas normas se establecieron mecanismos de protección que recogían y reeducaban a mujeres descarriadas. El más destacado era el Patronato de Protección de la Mujer, creado en 1942 y presidido por Carmen Polo. Su objetivo: "velar por todas aquellas mujeres que, caídas, desean recuperar su
dignidad". Esa redención terminaba, más de una vez en manicomios, algunos casos se recogen en los historiales del antiguo manicomio de Valladolid, actual Monasterio del Prado, al adscribirse en 1942 a la facultad de Medicina según recoge Elena Maza (1996:100). Si el país se encontraba, tras la guerra, en unas condiciones precarias económicamente, la situación repercutió con más dureza sobre la población más
falta de recursos; la pobreza, por tanto, presente en las calles, obligaba a realizar todo lo que fuese necesario para sobrevivir.

En el trabajo en colaboración, “Mujeres extraviadas: psicología y prostitución en la España de posguerra”, Juan Bandrés Conde (2014) afirma que muchas mujeres llegaron a emplear la prostitución como un medio de escape. No se dieron a la prostitución profesionalmente hablando, sino que eran mujeres pobres que recurrían a ella de manera ocasional y por necesidad. Una de las consecuencias más inmediatas fue el incremento en las enfermedades de transmisión sexual, y para
atajarlo se detenía a las prostitutas de manera arbitraria obligándolas a pasar una revisión médica (en el caso de Valladolid, en el cercano Instituto de Higiene de la calle
Ramón y Cajal), de negarse la dictadura utilizó las cárceles convencionales, los reformatorios del patronato de Protección a la Mujer y las referidas ’galeras’ que pasaron a denominarse cárceles especiales para mujeres caídas. La coartada era el
argumento de la ciencia, donde se mezclaban hipótesis médicas y valores morales. Las autoridades podían encarcelar hasta dos años a las prostitutas "problemáticas" sin juicio alguno, basándose en unos supuestos “estudios científicos” que sostenían que dada su constitución "biopsíquica" era ésta la que las empujaba a la prostitución, y no el entorno.

Para el doctor Bandrés en los años cincuenta se utilizaban como referencia incuestionables “estudios” de "especialistas" como Antonio Vallejo Nágera, Eduardo Martínez Martínez y Francisco J. Echalecu y Canino. En el caso del primero, desarrolló estudios en 1938 sobre el “gen rojo del marxismo” en prisioneros republicanos y sobre las mujeres republicanas, interpretando que a estas se les había atrofiado la inteligencia como las alas a las mariposas de la isla de Kerguelen, ya que su misión en el mundo no es la de luchar en la vida, sino acunar la
descendencia de quien tiene que luchar por ella. Concluye Bandrés que el uso de esta argumentación seudocientífica servía como coartada para detener a estas mujeres, y así justificar la necesidad de recluirlas y reeducarlas.

¿Qué supuso la salida de su confinamiento en los burdeles?, el ejercicio de la misma se hizo presente en cines (hoy todavía en Valladolid hay quien recuerda lo que acontecía en algunas sesiones de los desaparecidos cines Goya en la calle
Labradores o en el cine Lafuente de la calle Mantería o en Teatro Pradera de la plaza de Zorrilla), y en otros espacios de la ciudad.

Determinados bares, pensiones y calles posibilitaban el contacto esporádico y rápido con clientes ocasionales en una ciudad de provincias como Valladolid. Así lo fueron algunos bares, casas de huéspedes y portales en el entorno de la zona de San Martín, como la calle Padilla, la de la Piedad (antigua calle de los Moros), la calle Estrecha y la de Marqués del Duero, así como la calle Torrecilla y la del Empecinado
formaron el llamado “barrio chino” o “de las niñas” en el Valladolid de mediados de siglo pasado. Lo podemos leer en el estudio coordinado por el técnico de la Asociación ACLAD, José Manuel Martín, en el apartado de la cronología de la
prostitución en Valladolid, donde se anota la concentración de la misma en estos espacios (2014: 28ss). Los recuerdos de quien construye este relato lo confirma por haber sido monaguillo en la iglesia de San Martín en los años finales de los 50. En esos tiempos fue testigo del ajetreo de clientes demandando “compañía para pasar un rato” como se decía entonces, con más intensidad los fines de semana, vienen a su memoria la imagen de la espera en los portales y de mujeres con una toalla al hombro. Y cómo el confesionario de la iglesia era lugar de comunicación para “el lavado de conciencias”, donde se daba cuenta de tocamientos, lubricidad y empeño en pecar contra el séptimo mandamiento, el de “no cometerás adulterio”(Libro del Éxodo, 20:14). Una trastada entre chupacirios era hacer una escucha indebida,
curiosa y comprometida de lo que algún penitente contaba al confesor. ¡Cuántas recomendaciones, resignados consejos y propósitos de enmienda impuestos por el párroco de entonces en favor de “salvar” matrimonios y honorabilidad de apellidos
vallisoletanos que hacían gala de personas decentes, pudieron escucharse por unos infantiles oídos, que apenas alcanzaban a entender lo allí expresado!

Quinta parada, Chancillería, juicios y condenas por prostitución

Como comenta Bartolomé Bennassar en su libro L’homme espagnol las cuestiones de amor y más concretamente del sexo interesan constantemente a los españoles en “un grado elevadísimo desde el siglo XVI hasta hoy” (1975-1991:15), así lo suscribe el también hispanista Henry Kamen que se pregunta ¿qué interesaba a los inquisidores españoles sobre estas cuestiones? Según Kamen los teólogos no consideraban la fornicación tan grave como la intencionalidad del que lo cometía: “Vivir en pecado con una mujer era más o menos malo y escandaloso; proclamar, en cambio, que vivir así no era pecado constituía un crimen”
(http://www.vallenajerilla.com/berceo/florilegio/inquisicion/sexualidadi
nquisicion.htm).

La Iglesia, como hemos visto, ha tolerado la prostitución, al hacerse cargo de “la enfermedad y de la debilidad de las prostitutas” al utilizar la herramienta de la confesión donde debía descargarse la conciencia e iniciar la redención. Por
ende, la Inquisición, en este ámbito, solamente debía perseguir a aquellas personas que mantuvieran que no era pecado la libre práctica del amor. Como señala Kamen, en el estudio referenciado, en sus investigaciones sobre los tribunales del Santo Oficio en el de Toledo, en el periodo de 1575 a 1610, se investigan varios procesos contra diversas personas por sus herejías y pecados, pues bien la sección más
voluminosa comprende 264 casos en los que el encausado sostiene que fornicar no es pecado, y el hispanista se pregunta: “¿Qué quieren decir estas cifras? Posiblemente sugieran que una minoría de la población española del Siglo de Oro
esgrimía ideas avanzadas en materia de sexo, pero también pueden decirnos que muchos españoles tenían relaciones sexuales fuera del matrimonio”.

El profesor y actual cronista de villa, Teófanes Egido ha construido un breve pero sustancioso relato de la presencia y actuación de la Inquisición en Valladolid en los IV Cursos de patrimonio cultural. Las cárceles secretas de la Inquisición en
Valladolid tuvieron varios espacios, situadas en sus comienzos en la calle de los Francos, “allí estaban cuando se celebró el primer Auto de Fe (1489) con muchas víctimas a la hoguera. En fecha imprecisa, no tardando mucho, se trasladaron a la
calle de Pedro Barrueco, actual Fray Luis de León, y allí estuvieron durante cierto tiempo, y de allí salieron los reos famosos de 1559. Ahora bien, pero precisamente en esta cárcel Fray Luis de León no estuvo, ni tampoco el arzobispo Carranza
pues fueron a las cárceles nuevas de la Inquisición, las más duraderas, de 1559 a 1809, situadas en la calle Peña de Francia, que también solía llamarse de los moros (sic)”(2011: 174s). A resultas del incendio durante la ocupación francesa en 1809 se trasladarían a la calle de Alonso Pesquera. Para Egido la Inquisición en Valladolid puso marcado interés, aparte de la persecución de herejías, blasfemias, judeoconversos, luteranos y erasmistas, en la persecución de determinados delitos como la bigamia y la sodomía por estar alejada esta de toda actitud procreadora: “En cuanto a la primera, aparecen con frecuencia en Valladolid sobre todo bígamos, poquísimas bígamas...que no eran castigados con extrema severidad...En cuanto al
pecado nefando, siempre sometido a los filtros de la jurisdicción, trasladándolos generalmente a la civil y, en el caso de Valladolid si no caía en manos de la jurisdicción religiosa, iba a parar a la Chancillería, que administraba penas de muerte con más frecuencia que la Inquisición” (2011:175).

Suele citarse al abordar algunos casos especiales, no de prostitución, los sucesivos juicios que sufrieron dos mujeres, “Las Cañitas”. Federico Garza Carvajal ha publicado en una edición muy cuidada el proceso contra Inés Santa Cruz y
Catalina Ledesma en Valladolid y Salamanca a principios del siglo XVII. Primero en Valladolid, en 1601, de donde fueron desterradas porque “...trataban una con la otra carnalmente como hombre y mujer poniéndose la una debajo y la otra encima y tenían un instrumento de caña hecho a forma de natura de hombre con el cual se conocían la una a la otra carnalmente” Más tarde en Salamanca en 1603 fueron presas y juzgadas por “bujarronas” y por la razón señalada por la que se las desterró de nuestra ciudad. Se recogía que Inés “con sus manos la abría la natura a la dicha Catalina hasta que derramaba las simientes de su cuerpo en la natura de la otra
por lo cual las llamaban las cañitas y esto es público y notorio entre las personas que las conocen”(2012:33). De ello, “había mucho escándalo y murmuración en el barrio”. No mediaron denuncias, a pesar de tanto morbo y dimes y diretes en el
barrio, aparentemente, nunca hubo denuncias por parte de los vecinos. Lo cierto es que Santa Cruz y Ledesma “fueron presas por los señores alcaldes” (2012: 29). La tercera y definitiva sentencia tuvo lugar en Valladolid, y fueron condenadas de
nuevo a azotes públicos y destierro, obteniendo el perdón real bien pasado el tiempo en 1625 con Felipe IV reinante.

¿Cómo consideraban los tribunales civiles a las prostitutas? La profesora de la Universidad de Málaga Isabel Ramos Vázquez en su obra “De meretricia turpidine, una visión jurídica de la prostitución en la Edad Moderna castellana” analiza algunas
sentencias de los jueces en la Chancillería de Valladolid, como las firmadas por Antonio de la Peña, alcalde de lo Criminal a mediados del siglo XVI. De acuerdo con Las Partidas y las leyes de Hermandad de Alfonso X no era punible el acceso y rapto de mujer pública, era impune quien injuriaba públicamente a una meretriz, la honra de la mujer sólo se estimaba en su sexualidad y el comercio que hacía de ella la meretriz le privaba absolutamente de su posesión (Libro VII, Título XIX, Ley II).
Estas leyes sirvieron a algunos pensadores para defender la impunidad del delito de injuria contra estas mujeres. Otras consideraciones que podemos encontrar hacen referencia a la alternativa ofrecida a los reos condenados a la pena capital que
podían librarse de la misma mediante casamiento con mujer reconocida como prostituta, alabándose en sentencia como “acto de gran caridad” por parte de esta (se dieron casos de bigamia por salvar el pellejo). Tampoco podía tener escuderos o criadas menores de cuarenta años. Según Ramos Vázquez entre las consecuencias jurídicas procesales de considerar infamante la prostitución estaba “el hecho de ser consideradas testigos inidóneos o inhábiles en los juicios, por su falta de honestidad y credibilidad” (2005:140). Sin embargo a falta de testigos idóneos, se podía atender al testimonio de los de menos fama, esto es, el de una prostituta no sirviendo como prueba plena, sí como prueba indiciaria o ’semiplena probatio’. “No podían pedir
ningún tipo de indemnización o responsabilidad al hombre si quedaba embarazada” (2005: 141s)

Sexta parada: Casa del Sol, espacio de “arrecogidas”por las RR.MM. Oblatas

Estamos ante uno de los palacios de mayor abolengo en la ciudad. Su titular fue Diego Sarmiento de Acuña, conde de Gondomar, aunque tuvo varios dueños antes de que lo comprara en 1599. Popularmente conocido como Casa del Sol por la figura
del astro que corona el frontispicio de su portada. En este enorme caserón tuvo su morada en el primer cuarto del siglo XVII el que fuera corregidor y regidor perpetuo de Valladolid, enterrado hoy en la cripta de la iglesia adjunto de San Benito el viejo, tras una larga estancia en la iglesia de San Martín. Diego Sarmiento era un ilustre noble y diplomático que consiguió grandes logros para la corona española como embajador en
Inglaterra entre 1613 y 1622, pero cuya auténtica pasión, en su calidad de erudito, fue la de recopilar libros y escritos hasta conformar una de las bibliotecas particulares más importantes de su tiempo (repartida hoy entre la Academia de la Historia, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Palacio Real, sobre todo
en esta última, según recoge José Delfín Val en Historias notorias de Valladolid.). Para nuestro recorrido el interés reside en el uso que se hizo del mismo a partir del año 1912, comprado por las RR.MM. Oblatas del Santísimo Sacramento (Enrique
Fernández de Córdoba, 2004: 137) y la adecuación de las estancias a una residencia para jóvenes de moral distraída, ’las arrecogidas’, con espacios de retención y de tratamiento a modo de orfanato femenino (el que escribe conoció alguna historia por
relato familiar) hasta 1980 que es adquirida por los Padres Mercedarios Descalzos, abriéndose dos años después un proceso de expropiación forzosa para ampliación del Museo Nacional de Escultura que no culminará hasta el año 2001.

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