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Opinión de Jesús Ojeda Guerrero

El sentido de la Participación Ciudadana

Miércoles 21 de septiembre de 2016 · 389 lecturas · rss article rubrique


“No habrá consulta popular sobre el soterramiento del tren en Valladolid. El equipo de gobierno… lo va a dar por imposible”. De esta manera informaba el diario El Norte de Castilla (26.07.16) de la decisión tomada tras las reuniones con los grupos políticos municipales y diversos colectivos de la ciudad. A propósito de esta noticia convendría hacer algunas reflexiones sin entrar en el contenido de la consulta, que bien exige un tiempo de información y debate ciudadano reposado, y sí hacer hincapié en el valor de los medios de participación. Este sábado la Federación vecinal Antonio Machado ha programado un encuentro abierto y festivo sobre el sentido de la participación en el entorno de la plaza de San Juan. En principio el verbo participar en un marco democrático llama a abrir caminos de cultura de corresponsabilidad ciudadana entre el ejercicio de actuación de la gobernanza y la ciudadanía; participar es poner en marcha mecanismos de acción de comunicación que hagan sentir de forma real la interlocución para una mejora de la eficacia y ejecución de las políticas públicas. La participación de la ciudadanía en la vida política, económica y social es un indicador esencial de salud y fortaleza de un sistema democrático.

De nuevo hemos de remitirnos a una acertada definición expuesta por el profesor de la Universidad de Valladolid Javier Peña; para él la calidad de la ciudadanía es un espejo de las virtudes cívicas a cultivar, caracterizadas estas por actitudes y disposiciones que tienen que ver con el compromiso, la participación en las instituciones y la deliberación interesada por la cosa pública (2008: 247). Y recordar la argumentación de la que hace uso Platón que pone en boca del sofista Protágoras, opinión enfrentada a la de Sócrates, sosteniendo que los ciudadanos en esa sociedad formada sólo por hombres libres, el 75% restante (mujeres, esclavos y metecos) no contaba, al estar en posesión de una misma competencia política y ser titulares de una igual capacidad de juicio, deben participar en el gobierno de la ciudad (Protágoras 332b-e). Una razón más, el relato en construcción sobre participación que realizó el catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, ya fallecido, de cómo deviene en el mejor método o en el más legítimo para actuar democráticamente, produciendo a su vez efectos políticos que enriquecen el proceso de autodesarrollo de los participantes. Para él había un hilo conductor presente en la visión contemporánea de una democracia “fuerte” o “expansiva”, que nacía en la antigüedad clásica griega como hemos comentado, continuaba en el Renacimiento por lo que algunos escritores ensalzaban la vita activa como imagen de virtud cívica. Era constante en el pensamiento ilustrado así como en los pensadores prácticos del XIX como John Stuart Mill o John Dewey; para ellos el concepto de democracia iba más allá de un sistema de instituciones y reglas de juego, porque generaba autonomía personal y un modo específico de llenar de vida la convivencia en sociedad (1996:35). Gracias a estas y otras reflexiones vemos que la participación genera efectos beneficiosos con retornos que posibilitan hábitos de intercomunicación, de autonomía ciudadana y de asunción de responsabilidades.

Frente a estas bondades no debe ocultarse que no toda forma de participación es coherente con los valores de tolerancia y respeto mutuo, de ello hablábamos también hace unos años (El Norte de Castilla 23.03.12). Es necesario saber discernir cuándo el lenguaje de la participación está resultando perverso; con este mismo término se han fomentado modelos donde se evidencia más la estrategia de la imposición, de la anulación del disenso y la practica de la intolerancia. Posiblemente nada de esto es inocente, y haya que seguir insistiendo en que la desmotivación política de la sociedad es algo intencionadamente buscado, y se haga urgente recordar los compromisos institucionales por los que se obligan los representantes políticos a una democracia abierta y participativa en las declaraciones oficiales. Así lo recogía la Carta Iberoamericana de Participación Ciudadana en la Gestión Pública (Lisboa, 2009): “La participación ciudadana en la gestión pública es consustancial a la democracia (…), refuerza la posición activa de los ciudadanos y las ciudadanas (…), permite la expresión y defensa de sus intereses, el aprovechamiento de sus experiencias y la potenciación de sus capacidades, contribuyendo de esta manera a mejorar la calidad de vida de la población”.

No sobra volver a incidir por tanto en el gran capital social que representan las asociaciones vecinales de nuestros barrios, como las organizaciones políticas y sindicales, siendo ámbitos de participación cívica, y en la urgente demanda de que se incorporen nuevas personas, más gente joven en los órganos de representación. Si se quiere avanzar en el enriquecimiento de los valores democráticos hay que dar oportunidades a la interlocución, al debate y a participación real, un camino ejemplar a seguir para salir de esta inoperancia política, se necesita que otras voces sean atendidas.

Jesús Ojeda.
Investigador en Ciencias Sociales