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JESUS OJEDA - El lugar de la mujer y Gandhi (Setenta aniversario de su muerte, 30 de enero de 1948)

Martes 20 de febrero de 2018 · 219 lecturas · rss article rubrique


El lugar de la mujer y Gandhi
(Setenta aniversario de su muerte, 30 de enero de 1948)

Un año después del asesinato de Gandhi, el escritor George Orwell argumentaba rechazando las afirmaciones de santidad a favor de Gandhi, no demandadas nunca por éste, sintiendo que sus objetivos le resultaban antihumanos y reaccionarios; ahora bien, definía al Mahatma simplemente como un político cuya estela, en comparación con las figuras destacadas de esa década, ¡qué olor tan limpio ha logrado dejar a atrás! Lo que no era poco ni impedía que como ser humano avanzara en su crecimiento no sin contradicciones ni comportamientos discutibles, en el que se han hecho presentes elementos sustanciales que han ennoblecido la dignidad humana. En tal sentido, no conviene pasar por alto, un recordatorio que el propio Gandhi expusiera en su biografía, al señalar que no permitiría a nadie adentrarse en mi mente con sus pies sucios.

Sea como fuere, si sometemos a una crítica rigurosa (sea cual sea la suciedad de nuestros pies) a este pequeño gran hombre identificado como el padre de la India actual, asociado icónicamente a la manipulación de una rueca para hacer su propio vestido, dando discursos ante multitudes sobre cómo proceder para actuar en las relaciones humanas, llevando a cabo ayunos interminables en favor del entendimiento de hindúes y musulmanes, recorriendo las aldeas y protagonizando actos de desobediencia civil ante leyes del imperio que consideraba injustas, siendo un cliente habitual de los hoteles carcelarios en la India de su majestad inglesa, corrigiendo conductas de forma particular ante agresiones que habían sufrido algunas mujeres en los ahrams de convivencia, apoyado en los hombros de dos jóvenes mujeres que él denominaba “sus bastones”…, digo que, si hacemos una revisión estricta de sus actuaciones y escritos, pero, en esta ocasión, ceñida a una perspectiva de género, parece que emergería ante la opinión pública una figura en absoluto igualitaria y excesivamente obsesionada por el sexo.

Gandhi se representaba la imagen de la mujer como igual al hombre, haciéndola depositaria de la norma suprema, esto es si la no-violencia es la ley de nuestro ser, el futuro está con las mujeres. Reconocía que el hombre ha ejercido su dominio sobre la mujer durante mucho tiempo, desarrollándose en ella un complejo de inferioridad: Impulsado por su interés, el hombre ha querido convencerla de que era inferior a él, y ella se lo ha creído. Lo que, injustificadamente, le llevaba a sostener también una visión bastante tradicionalista acerca del papel que le correspondía a la mujer. Pues esta, por naturaleza, era pasiva, su destino la maternidad y su ámbito de acción la familia. Es decir, preserva para el hombre la actividad pública y reserva el ámbito privado de la familia a la mujer. Lo que, en principio, puede considerarse una exclusión. Aunque, eso sí, insistiendo en que si hay que destacar alguno de los males de los que el hombre se ha hecho a sí mismo responsable, no hay ninguno tan degradante, tan repugnante y tan brutal como su explotación desvergonzada de la mitad mejor de la humanidad, llamada injustamente el sexo débil. Y concluía definiendo el sexo femenino como el más noble, ya que sigue todavía encarnando en la actualidad el sacrificio, la resignación, la humanidad, la fe y la prudencia. (Gandhi, Todos los hombres son hermanos, Salamanca: Sígueme, 2002, pp.226s). Todo lo cual, en su conjunto y bajo una interpretación más generosa, podríamos situar como un digno antecedente de lo que, con el tiempo, Carol Gilligan ha llamado la ética del cuidado. Esto es, privilegiar los lazos de empatía y atención a los más débiles por encima del cumplimiento rigorista de obligaciones políticas abstractas o etéreas.

Evidentemente, la teoría de Gilligan (tan vinculada a la acción no-violenta) está siendo sometida a crítica. Pero lo que sorprende no es tanto esto como el hecho de la existencia de algunos textos (libros y blogs de inspiración feminista) que cargan contra Gandhi hasta unos extremos que parecen risibles. Por ejemplo, en uno de ellos, se resalta en Gandhi esa visión de desigualdad y su morbosa preocupación sobre el sexo haciéndole responsable en alguna medida de la actual ola de misoginia en la India de nuestros días. Se trata de la bióloga, fotógrafa y activista india Rita Banerji que en su estudio social e histórico de cómo se ha ido configurando la sexualidad en su país (Sex and Power: Defining History, Shaping Societes, New Delhi: Penguin Boock, 2008) hace sucesivas referencias a cómo Gandhi responsabilizaba a las mismas mujeres de las agresiones sexuales que sufrían, de cómo las mujeres violadas se desvalorizaban justificando el feminicidio, cuestión que revisó en el último periodo de su vida; su posición ante los anticonceptivos y la calificación que le merecía la mujer que los utilizaba. En una línea similar, otra referencia más, es la biografía elaborada por el historiador y periodista de televisión el inglés Jad Adams (Gandhi: Naked Ambition, London: Penguin Group, 2011) que centra su atención en el hombre que pasó una parte importante de su vida, según su opinión, ‘refinando’ sus excéntricas teorías de la castidad, el vegetarianismo, las deposiciones y el modo de conservar el fluido vital del esperma.

El mayor interés de todo esto es considerar hasta qué punto sigue vivo un hombre y una obra al que se le sigue sometiendo al filtro de la crítica. Lo que ocurre es que quizá se le esté pidiendo peras de ahora mismo a un olmo de hace ya muchos años. Y, en este sentido, vemos dos peligros. Por un lado, el anacronismo buscar respuestas para hoy en un pensamiento que surge y desarrolla en un tiempo y lugar muy distante. Y, por otro, la perfeccionista consideración de que un hombre bueno excepcional debía ser por definición excepcionalmente certero en todo, absolutamente en todo, incluso en aquello que se sale de las preocupaciones principales de su tiempo. De tal modo, que algunos puedan llegar a extrañarse de que no dijera nada de interés sobre la aventura intergaláctica, los derechos emergentes o el movimiento LGBT.

Con todo, aunque quizá desenfocado, nada de esto es inútil. Forma parte de una discusión cuyo objetivo frente al enorme progreso del arte de la guerra se preocupa por alcanzar un nivel superior respecto al arte de la paz. Al fin y al cabo, el propio Gandhi llegó a decir: “Mi resistencia pacífica está en la misma fase que la electricidad en la época de Edison. Ha de ser perfeccionada y desarrollada”. Una reflexión muy apropiada para en el aniversario del asesinato del Mahatma Gandhi, de un alma grande.

Jesús Ojeda, investigador en CC.SS.