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Artículo de opinión de Jesús Ojeda

El legado de Gandhi: A propósito del aniversario de su asesinato el 30 de enero de 1948

Viernes 1ro de febrero de 2019 · 136 lecturas · rss article rubrique


En el estudio, junto alguno de sus textos y biografías, tengo una fotografía editada por GandhiServe Foundation de Berlín, una de las múltiples fotos hechas por su sobrino nieto Kanu; en ella se ve a Mohandas Karamchand Gandhi, andando en sandalias de forma resuelta, con un paquete de periódicos en su mano derecha; destaca en él esa sonrisa de anciano sabio y travieso detrás de unas gafas redondas, con su dhoti blanco a modo de pantalón, cubriéndose los hombros del sol cegador con un paño de fino algodón. Parece llevar una preocupación especial en su cabeza, la de apoyar la forma de traspaso de poderes que Londres ha expuesto en la cámara de los comunes a través del primer ministro laborista Attlee, “Mis colegas” (una troika de ministros) “van a ir a la India con la intención de esforzarse al máximo por ayudarla a alcanzar…la libertad tan rápida y plenamente como sea posible”. Si bien la guerra en Europa había acabado, los recursos económicos y militares de los que disponía Inglaterra estaban diezmados y el colapso progresivo del control administrativo del Raj de la India, desde hacía tiempo, era evidente. Es el momento, la oportunidad estaba clara, dado que seguía progresivamente en aumento la decisión de las comunidades hindúes y musulmanas de lograr por diversos medios la independencia.

Estamos a mediados de mayo de 1946, Gandhi se encuentra en Delhi, alojado en una colonia de intocables a las afueras de la ciudad; en sus reuniones matutinas de oración apuesta por continuar con actuaciones no violentas y considerar positivamente la propuesta inglesa de una constitución confederal para una India unida, como “semilla para convertir esta tierra de pesares en una tierra sin pesares y sufrimiento”. En ese mismo espacio, el resto del día realizan ejercicios de combate colectivos de jóvenes con lathis (porras largas de bambú), a la vez que lanzan proclamas juramentándose en liberar a la India con la fuerza de las armas, son militantes hindúes de la organización Rashtriya Swayam Sevak Sangh (RSSS), uno de sus miembros será el que disparará contra él un año y medio después causándole la muerte. En una de las chozas también se celebran encuentros y debates sobre cómo será el futuro del país; allí acudirá la misión del gabinete británico, un centenar de miembros del partido del Congreso, así como el futuro primer ministro Jawaharlal Nehru y el que será el ministro del interior, Vallabhai Patel, veterano líder de la derecha del Congreso, en el gobierno provisional inmediato, y en medio Gandhi, una de las personalidades más complejas, intuitivas y contradictorias del pasado siglo.

La propuesta del gabinete laborista inglés era la de imponer una confederación de tres niveles, con un gobierno central de la India, único y poco rígido, y dos grandes «grupos» de provincias, uno de mayoría musulmana, y el resto de mayoría hindú, por un periodo provisional de adscripción. Parecían tiempos de construir grandes equilibrios. Había que conseguir un acuerdo general, en un intento de agradar a todos, con un resultado incierto. En los primeros días de junio, el líder musulmán Alí Jinnah Saheb acepta la formación de un gobierno de coalición para el gabinete interino del nuevo virrey, Lord Mountbatten, ‘compuesto por los mejores cerebros’, su propuesta es de cinco ministros de la Liga Musulmana, cinco hindúes del Congreso, un sij y un cristiano o angloindio. El Congreso, por su parte, se niega a renunciar al derecho de escoger un candidato musulmán en la figura de Abul Kalam Azad, nacionalista partidario de la unidad de todas las comunidades étnico-religiosas, amigo y asesor de Gandhi; para éste “era una cuestión de honor para el Congreso”. Aquí pudo estar el punto de inflexión, en palabras del historiador Stanley Wolpert de cómo “se rompió la unidad de la India al chocar con la roca adamantina de un solo «miembro musulmán», en lo cual insistieron Nehru y el Congreso, y era inaceptable para Jinnah y su Liga” (2001:287).

La estrategia de Gandhi no había dado sus frutos, conseguir que el abogado Jinnah Saheb permaneciera dentro del partido del Congreso, y obtener la opinión favorable de Nehru y de Patel para que ocupara el cargo de primer ministro. La joya de la corona inglesa parecía estar abocada a una guerra civil entre hindúes y musulmanes. Y así sucedió, el 16 de agosto en Calcuta, la Acción Directa, de la que hablaba el líder de la Liga semanas antes, puso en marcha terribles matanzas a manos de musulmanes contra sus vecinos hindúes, que encontraron respuesta días después por parte de estos con semejante violencia; más de cinco mil hombres, mujeres y niños murieron, y una cantidad cuatro veces superior resultaron heridos; dagas, cuchillos, palos y lanzas tuvieron más fuerza de imposición que la autoridad de los negociadores y líderes políticos. A estos terribles hechos sucedió un periodo de tensa calma. El salvajismo de los asesinatos se extendería como una plaga en el mes de octubre. Gandhi estaba informado de los disturbios, guardó silencio, incapaz de encontrar palabras de explicación; él había soñado con una India independiente, cultivadora de la ahimsa (no violencia), comunitarista y de convivencia pacífica; quería disfrutarla viviendo 125 años. Y partió para Noakhali, población bengalí oriental, con sus setenta y siete años cumplidos el 2 de octubre, decidido a andar solo por las calles teñidas de sangre, como un acto de abnegación: “permaneceré aquí y moriré aquí si es necesario…hasta que se haya enterrado el hacha de guerra y ni siquiera una muchacha hindú solitaria tenga miedo de andar libremente entre musulmanes”, impulsado por el canto de Ekla Chalore (“Camina solo”) de Tagore.

Decía uno de sus biógrafos más agudos, el novelista inglés Robert Paine, que habría mucho que escribir para desmontar las leyendas que se han acumulado en derredor de Gandhi y poder acceder a su verdadera personalidad. Una de las lecciones ejemplares gandhianas ha sido la empatía como herramienta no violenta, en el sentido de adoptar el punto de vista de la otra persona, unido a la empatía como compasión hacia el otro, como recorrer un camino natural para construir entendimiento: “La acción no violenta no es un intento por prevenir o ignorar el conflicto. Es una respuesta al problema de cómo actuar efectivamente en política, especialmente cómo ejercer el poder de manera efectiva”. El recuerdo de su legado, celebrando los 150 años de su nacimiento, sigue siendo una buena ocasión para hacer memoria de su mensaje.
Jesús Ojeda Guerrero, investigador en CC.SS.

Publicado en el Norte de Castilla el miércoles 30 de enero de 2019

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